—Mamá, quisiera disfrazarme de soledad —le dice muy decidida la niña de diez años a su abuela.
—¿De qué dices? ¿De soledad?
—Si abuelita.
—¿Y cómo es eso?
— Con uno de tus vestidos de viuda, el rosario y la mantilla negra que usas para ir a misa los domingos en la tarde.
— Niña, que mi devoción por la iglesia es auténtica, nunca me siento sola si estoy con Dios. Y soy plenamente feliz a pesar de haber perdido a mi marido hace nueve años.
—Está bien abuela, ganas, me disfrazaré entonces de hipócrita.
—¿Jovencita y cómo es el disfraz de hipócrita?
—Igualito que el de la soledad.
