
No sabe del cuchillo que escondo bajo mi túnica. Hoy, mientras le asisto como monaguillo en misa, nuestro violador entregará su alma en el confesorio.

No sabe del cuchillo que escondo bajo mi túnica. Hoy, mientras le asisto como monaguillo en misa, nuestro violador entregará su alma en el confesorio.

Soy la preferida de la abuela. La acompañaba cuando cogía el ruedo de los pantalones del yerno o la ropa de sus once nietos. Después del accidente me lleva consigo a cualquier lugar, cuando pasa el mapo, barre o limpia los trastes, si va de paseo, al preparar el desayuno o la cena. Es una esclava blanca de ojos azules. Mientras su hija y su marido se la pasan borrachos bebiendo vodka. Su único vicio es masticar palillos de madera, como fósforos, o de metal como alfileres o imperdibles.
Juguetea conmigo. Me lleva en su dentadura postiza ensartada aún con el hilo rosa del traje de la nietecita. Entonces, se resbala por las escaleras del segundo nivel. Se atraganta conmigo. En el esófago, me atasco entre los pulmones, a espaldas del corazón.

Alunicé sobre tu superficie llena de cráteres. Sabía que no iba a sobrevivir si permanecíamos juntos. Subí y bajé por todos los orificios inimaginables buscando una salida. El olor y la textura de tu cuerpo recién fermentado me limitaron el oxígeno. Mareado me desmayé.
Cuando desperté, tú y yo seguíamos en este universo congelado.
Estaba de suerte, el quesero abrió la puerta y pude volar fuera del freezer

Salí a comprar un crucifijo. Cargar un hombre muerto en una cruz no es propio de un ateo.
Desapareció el fantasma que me trató de asfixiar con la almohada.

Miré por el periscopio y te encontré. Como siempre, sumergido, negando mis preferencias. Por fin me atreví a salir de las profundidades hasta la superficie. Aunque distintos —tú, un buque de guerra anglosajón; yo, un submarino iraní—, desertamos en el mismo estrecho.

Los demás areneros evitan el sol del mediodía, se despiden. Queda un obrero con su perro en la playa vacía. Flota una maleta sobre la desembocadura del río. Intercepta el pesado equipaje. Lo lleva hasta la orilla. Rompe el candado con su pala.
Observa las entrañas de una mujer. El perro ladra y él se cubre la nariz con su pañuelo. Ignora mi sombra mientras abre el broche del collar que lo deslumbra. Sonríe.
Antes de que lo arrojara al río, aprovecho para arrancar un trozo para mis pequeños cuervos.

Eres imponente cuando te abres sin inhibiciones. Incomparable cuando coqueteas entreabierta para seducirme. Terca cuando te cierras sin razón aparente. Imperdonable cuando te toco y no respondes.

Ella dijo que sí. Él dijo que no y sonrió. Ella se desplomó. Todos se desmayaron excepto el novio. Solo yo permanecí crucificado.

Oímos las carcajadas de un corrillo burlándose de un nerd de nuevo ingreso, al jardinero podando los arbustos, un profesor de sicología distraído con las minifaldas, el zigzagueo de dos enamorados cogidos de las manos, el camión de la basura recogiendo desperdicios, estudiantes preparando letreros para la protesta frente a los portones, los unionados piqueteando en las escalinatas de la torre y la planta física y los antiguos edificios deteriorados.
Desde su balcón, el rector atento a la huelga que clama su renuncia.
Suena el carrillón al mediodía. Nosotras abrazadas marcando el tic tac de la última campanada.

Me escribí cartas de amor y envié regalos y rosas a mi oficina. Hasta que me cansé de creer en sus mentiras.