¡Vaya padre, Don Cristobal! Con qué falta de tino cabalgaba sobre su mujer al anochecer, justo al lado de la habitación de su hijo, dejando que los relinchos de potro salvaje, viejo y maloliente a Whisky, repicaran en el techo de la alcoba hasta el amanecer.
Imagínense, un niño tratando de conciliar el sueño en la ciénaga de las trincheras, siendo sus nanas los sonámbulos gritos de guerra de un enemigo invisible a quien en su tierna edad no alcanza a comprender.
Desde entonces padece de insomnio. Hoy celebra el vigésimo aniversario de esta pesadilla.
