Nos miramos sin hablar. Ella tiene un lenguaje corporal espectacular. Puedo sentir sus grandes ojos azules resbalándose por mi epidermis. Permanece sentada en el mismo lugar, al lado izquierdo de la bibliotecaria. La señorita Vélez siempre nos espía, esperando cogernos en pifia para regañarnos. A esta solterona le gusta molestarnos por naturaleza. Ella lleva una hora sin parpadear, vigilándonos sin pausa. Se le nota el disgusto entre su nariz deforme y los vellos mal rasurados de su distintivo bigote.
La pobre no sabe que estamos tomando un curso intensivo de telepatía y que somos los alumnos más sobresalientes del semestre.
