¡Temblor de tierra! Todo comenzó a brincar, incluso el féretro. Era casi imposible mantenerse de pie. Las puertas y ventanas se desprendían con una facilidad increíble. Comenzaron los gritos, los nervios no nos permitían abrir la boca para decir palabra. Todos corrían de un lado a otro. Agarré fuertemente a mis dos hijas. El balcón de la casa se tambaleaba sin cesar y gemía como una gata en celo. El pobre difunto se salió del féretro como cuando se escurre sin querer una libra de pan de su envoltura. El ataúd se hizo pedazos. Salimos despavoridas de la casa, cada una con sus hijas para buscar un lugar seguro.
Era una escena de terror, el mar se fue alejando. La orilla de la playa estaba repleta de peces suplicando oxígeno. El horizonte parecía que se devoraba la costa con todo y arena. El mar se retiró hasta dejar seca la ribera. En el horizonte se distinguía una inmensa pared de agua que crujía como una criatura endemoniada en el medio del océano… ¡escupiendo espuma, sal y arena a borbotones! Corrimos con las niñas hasta el cerro más alto que se encontraba a cien pasos de distancia. La casita de mi hermana se la llevó la marejada y se tragó hasta el muerto. No pueden imaginarse con la furia con que el mar golpeó esas frágiles casitas. Mi hermana no pudo ofrecer cristiana sepultura al difunto esposo.
Una semana después, el cuerpo de mi cuñado fue encontrado en el estómago de una ballena azul, muerta a orillas de la playa.


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