El secreto de mis lunas

La encía comienza a ser profanada por el saliente marfil de leche. Hace cosquillas su minúsculo diente en mi areola. Me muerde el pezón. Indomable. Embiste a mis pechos por el escote prematuro de la blusa. Juguetea con mis recuerdos. Pierdo de vista su nariz. Deja al descubierto una sonrisa. Olfatea ambos hemisferios rosados. Reconecta apasionado sus labios en la ubre preferida. Riega la saliva inocente sobre el tejido adiposo. Succiona una y otra vez toda mi maternidad. Bautiza el santuario en cada mamada. Brota el petróleo blanco desde mis adentros. Los chorros de leche salen y entran a su boca. Desinfla las tetas. Todo un alquimista mi niño, trasmutando los líquidos en energía. Contrasta la sequedad del busto con la hartura de su barriga. Bendigo la conexión. La fragancia de recién nacido aflora. El perfume lácteo domina el ambiente. Ese nudo insondable hace transpirar mi esencia. Fantaseo con sus caricias. La ficción doblega la realidad. Voy más allá. Veo sus venas. Se nutren. Las imagino alegres. Devotas se arrodillan ante la grandeza de las dos deidades que las alimentan. Este néctar sagrado purifica. Protege mi herencia. Edifica el nexo externo con mi hijo.

Acaricio la mollera del bebé. Tonifico la memoria. Regreso dieciocho meses atrás. Parir por comadrona está en boga. Mis padres asombrados ante la decisión final, aceptan mi decreto de no parir en un hospital. Los recuerdos del alumbramiento juegan al esconder. Trato de recordar algún detalle. Pero los pensamientos desobedecen el mandato. Se enfurece la paciencia nuevamente. Concentro la atención en el vientre. Evito los ruidos y olores que me interrumpen la meditación. Imanto al cerebro los mimos de Michael. La panza a punto de reventar lo hechiza. La nostalgia de sus ojos en el parto revela remordimiento. Detiene su mirada en el recién nacido. Limpia su cuerpecito con ternura. Hasta lo convence, al punto de poner en pausa sus complejos, amenazas y frustraciones. Disfruta su paternidad tranquilo y amoroso. Agradezco la tregua. Venzo las especulaciones. Perdono. Paso la página. Vuelvo al presente.

Decido ser madre antes que mujer. Digiero la retahíla de advertencias de mi progenitor: “Balance niña, los hombres somos muy cobardes para mostrar nuestros sentimientos. Cuidado con las señales de luz verde de tu marido. A la mayoría de los varones nos instalan un semáforo defectuoso en la cabeza. Cuando decimos que no nos importa, es todo lo contrario. Los machos nos graduamos en el arte de mentir”. Refuto. Mi padre nunca prevalece en mis debates. Quedo invicta una vez más. Creo en Michael sobre todas las cosas. Ratifica el poner en primer lugar a nuestro hijo.

La lactancia devora la firmeza de mis senos en apenas dos años y medio. Anochece. El busto apagado ya no seduce. No entra en el menú nocturno de mi alcoba. Enrosco mi cuerpo como un milpiés. Sus ojos sobre mis senos causan vergüenza. Disimulo. Protegerme es la prioridad. Michael fustiga.

—Chica, busca trabajo, en Walmart hay vacantes. Deja de lactar. No puedo más con la renta y demás responsabilidades. El dinero no me da. ¡Estoy harto!

Okey, ¿y el cheque de mi desempleo no cuenta?

—Sí cuenta, pero negrita llevas casi un año sin dar un tajo y se te acaba el mantengo.

—¿Y qué? Ni modo me prostituya en la plaza. ¿Quieres que pida limosna en las luces?

—Siempre tan dramática. ¿No te jactas de que eres una jodienda? Coño, Pablito va para tres años. ¿Pretendes darle el pecho de pie cuando no puedas cargarlo? ¡Qué carajo, no te avergüenzas que las tetas te guinden hasta el ombligo!

—Interpreta mi silencio. Sé por dónde vienes.

—Me importa poco lo que pienses. No seas necia y ponte a buscar empleo.

—¿Sabes qué?, mañana mismo lo hago. A ver si dejas de joder.

Callo. Amo a mi hijo. También adoro a Michael. El crucigrama existencial nos agobia. Nuestro matrimonio carece de balance. Falta pasión. Somos cuerpos paralelos que nunca han aprendido a conectarse. Se mantiene presionándome para que acepte el trabajo. Absorbe irreverente mi voluntad con su hermetismo y hostigamiento. Siempre consigue lo que quiere. A fin de cuentas, me arrodillo. A pesar de tener una maestría en traducción accedo a trabajar en el área de cosmetología en la megatienda. La crianza de apego recomendada en el curso de parto natural tambalea. Va a ser difícil ser madre y esposa a la vez. Estas tareas son como el agua y el aceite, incompatibles, o madre o mujer. ¿Demonios, por qué es tan difícil ser exitosa si eres mujer?

Por fin, después de negociar, la abuela paterna acepta cuidar al nieto. Desde luego, a regañadientes. Ella siempre me lleva la contraria. Raro sería que me antepusiera a su hijo. Está parcializada, siempre a favor de Michael. Respiro y trago la saliva que se empoza en mi garganta de tanta resignación. Congelo bolsitas de leche materna para que alimente a Pablito en mi ausencia. Tengo dudas si lo cuidará con la misma dosis de amor. Aplaco el sentimiento de culpa. La aprendiz de belleza está lista para laborar. Me hago la loca. Evito pensar demasiado. Maniobro para salir pronto del laberinto. Recapacito.

Las horas vencen. Las dudas son ciertas, el trabajo aparenta no ser para mí. Prohibido postergar la renuncia a este pecado laboral. Un mes es suficiente para homenajear la mediocridad. La muñeca de porcelana pierde encantos detrás del mostrador. La supervisora empalaga con sus chistes eróticos. Confieso que me fascinan los hombres pero con esta dieta sin sexo prefiero ni pensarlo y ampararme en el voto de castidad. No me concibo en ese escenario. Insólito el sentir acercamientos indebidos de otra mujer. Y peor que me quiten el sueño. Además, me lastima sobremanera su prepotencia. No hay género que justifique el abuso de poder. Resulta indigno el aguantar sus humillaciones junto a las de Michael. Basta, un hostigador es suficiente, dos sería el acabose. Renuncio. El coraje e insultos de mi marido no tardaron en emerger de las tinieblas ante la renuncia. Sobrevivo con la técnica de la indiferencia.

No obstante, redefino mis metas. Examino alternativas viables a corto y mediano plazo. Estimulo la creatividad en cada decisión tomada. Evalúo las posibles consecuencias de mis acciones. Rompo con lo usual. Doy rienda suelta a la imaginación fortaleciendo mi inventiva. Preparo el currículum enfatizando en mis destrezas y años trabajando en las redes. Busco trabajo por la Internet. La traducción on-line resucita. Resurjo entre las cenizas sin una pizca de hollín en el rostro. Inhalo.

Inauguro mi oficina virtual. La disponibilidad de redactores bilingües es insuficiente. La publicidad tiene gran demanda en el mercado local y mundial. Amplío la oferta de servicios como especialista en redes sociales. Rescato la asertividad femenina. Desteto a mi bebé. Michael sonríe. Me abraza. Disfruta al comparar sueldos. Sobrepaso su salario. La cartera de clientes aumenta. Triplico la reserva de ahorros. Acumulo una exitosa experiencia laboral. Un hermoso apartamento donde se respira prosperidad nos coquetea. Quedamos enamorados del vecindario. El tropical paisaje playero nos cautiva. Sugiero pagar la fianza y la renta del nuevo apartamento. Esta propuesta resulta irresistible para ambos. ¿Así elimino el único obstáculo para alcanzar la reconciliación? Tal vez, la estabilidad financiera amortigüe el conflicto. Sella nuestra alianza. No estoy segura si continuo mintiéndome, pero no hay otra opción. Además, el cuido del niño está cubierto. Sin prescindir de la partida presupuestaria para viajes y pasatiempos. Eso me tranquiliza y motiva. La necesidad teje el manto de la abundancia con sus propias manos. Engalano de sábanas plateadas nuestra cama. Todo mejora, hasta el apetito sexual de mi marido.

Por fin, abandono la lactancia. Pablito se rebela al destete. No aguanta la pérdida. Nada lo calma. Carecer de la ambrosía materna lo desconecta. Lanza su confusión sobre mí. Estruja mi ropa con brusquedad. Exige su alimento preferido. Suplica. El llanto raspa las paredes. Descubre un pozo de la dicha clausurado. Intenta convencerme con la tierna sonrisa heredada de papá. Giro la vista hacia el platillo de comida. Meto la cuchara en el puré. Vacío el contenido por su garganta. El comelón se desespera. Babea cuando me encuentra desnuda en el cuarto. Se relame si las ve asomarse por el brasier. El retiro de los escotes pronunciados confirma la hipótesis de Pávlov. En varios días se mitiga la canina. El nene olvida su paraíso palmo a palmo. Sus inseparables gemelas desaparecen del entorno. Aún me aturde cuando en la piscina del condominio se queda absorto mirándolas.

Las semanas se deslizan por la chorrera del tiempo. Ahora Michael protesta el volumen de tareas domésticas en el hogar. Llego tarde. En ocasiones cuando el niño se ha dormido. Levanta su voz para sermonear. Me culpa de abandono. Reprogramo mi agenda frente al nuevo dilema. ¿Sumisa o ejecutiva?, comoquiera acabo desprestigiada. Aplaudo de pie al maniático. La toxicidad rocía su veneno. Las críticas atiborran al buen juicio. Sintonizo en sus gestos. Escupe mi orgullo de mujer. Bajo la voz. Mendigo empatía para tolerar el calvario. Apago la garata. Llego a tiempo. Corro. Extingo fuego veinticuatro horas los siete días. Pretendo ser la mujer perfecta.

Cierro la caja de Pandora. Abro la caja de la bondad. Negocio para mejorar algunos segundos de calidad. Tomo vacaciones para irnos en crucero por Europa. Michael le encanta conocer nuevos países. En especial, si yo pago. Muta. Sobresale el hombre enamorado, adorado padre y buen amante. Al finalizar el descanso veraniego arrea la bipolaridad. Herir está en su naturaleza. Aborrece. Confieso el deseo de separarme. Cojo pena. La lealtad es inquebrantable. Los votos matrimoniales interceptan mis reclamos. Me atraganta la sicología barata de mi madre. El eco de sus palabras sabotea la dignidad. Quizás ella tenga la razón y yo soy la culpable.

Saltan los meses del almanaque de dos en dos hacia el precipicio. Increíble como sorprende. Solicita la separación días antes de nuestro hijo cumplir los cuatro años. Desfilan los insultos y amenazas sin cesar: “No siento amor por ti. Eres una mala madre. Me tienes castrado. Maldigo el haberte conocido. No me vas a separar de mi hijo. Quiero la custodia compartida. No trates de perjudicarme porque lo vas a lamentar. Conozco tus debilidades y problemas de baja estima, el ejército de sicólogos, los problemas de alcohol en tu pasado, los repetidos intentos de suicidio”. De frente a tal descarga domo mi instinto agresivo. Evito las provocaciones. Finjo.

—Michael no empieces para luego arrepentirte. Dime, hablemos como adultos. Sé honesto y desembucha. Te lo prometo no me voy a molestar. ¿Estás enamorado?

—¿En serio?, estás loca. ¡Qué bicho te ha picado! Vete al infierno con tus celos enfermizos. Cambia esa carita de mártir. ¿Qué? ¿Te vas a tirar por un puente? Anda, yo mismo te llevo.

—¿Mano, qué diablos te pasa? No me cuques.

—A mí no me pasa nada. Lo único que quiero es el divorcio, borrarte de mi vida.

Pablito permanece dormido en su cama. Michael fumiga odio. Empaca. Marcha endemoniado por el pasillo. Huye el amamantado mayor. Me hundo. La estima propia cuelga más que mis senos. Ahorcada. El golpe me toma desprevenida. Sollozo a capela. Mi negación y sus mentiras desafinan en la soledad. Toco la guitarra. El alma urge de una buena lírica. Desentonada me doy por vencida. Acuesto la guitarra en el sofá. Agonizan los acordes entre sus cuerdas mutiladas. Los miedos y todos mis fantasmas cantan a coro. Tarareo en una esquina de la sala. Simulo arrullar al unigénito. Entrecortada, vocalizo su nana favorita. Ahogo el ritmo de la impotencia. Brindo con un vaso plástico lleno de agua. Queda inédita la sinfonía de mi locura.

El año bisiesto se columpia de arriba a abajo. Divorciada. Me vale si Michael tiene otra. Pero que solicite manutención conyugal es el colmo. Los escalofríos invaden las extremidades. Sudo. Espero en la camilla. Miro al techo. Camina el personal médico con sus batas blancas por los alrededores. Semidesnuda permanezco cubierta. La máscara de oxígeno insinúa la pronta intervención en este inmaculado quirófano. Distingo los latidos impacientes. Vigilo cada detalle en los últimos minutos. Los ojos pierden su cauce. La hipersensibilidad no da pausa. Gravita el cuerpo en espera del anestesiólogo. El veredicto de custodia compartida resurge ante el tardío efecto de la sedación. Temo separarme de mi hijo. Una semana duerme con papá y otra con mamá. Este tirijala es peor que el legendario estiramiento de mis lactas. Retumba la sentencia del honorable tribunal en el sistema sanguíneo. La inestabilidad emocional de Pablito me marea. La incertidumbre resbala por todas mis células nerviosas.

Los segundos atemorizados retrasan al inconsciente. El zumbido de los tímpanos disminuye. Tranquila cedo el paso al adormecimiento. El hormigueo se esparce desde la lengua hasta los pies. Un sueño profundo me atrapa. Adiós a mis senos caídos. El cirujano plástico reconstruye mi busto a la perfección. Sacudo las cadenas de la anestesia. Despierto. Remueven los vendajes al día siguiente. El grupo de apoyo es la terapia prescrita. Llegan las visitas. Controlo los abrazos evitando lesiones. Los besos y carcajadas inundan la habitación. Eufórica, las heridas ya no me duelen. Cicatrizan a la velocidad de la luz. La noche regresa. En mi torso brillan dos superlunas. Ambas con un lado oscuro que nadie ve. No faltarán conquistadores dispuestos a caminar sobre mis inexploradas superficies lunares. Añoro la cotidianidad. Recupero los pechos erguidos y la autoestima. Saboreo la idea de volver a parir mediante inseminación artificial. Evoluciono.

Nota: Este relato obtuvo recientemente el tercer lugar en el Primer Certamen de Relato Corto en Medellin, Colombia.

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About edwincolonpagan

Autor del libro "Mi Peor Enemigo Soy Yo". Pintor, cuentista, planificador profesional, profesor universitario y motivador. 101% Puertorriqueño.
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