Estoy tranquila. Trato de concentrarme ante el ruido que emiten las demás compañeras frente al tocador. A pesar de su belleza el talento escasea entre ellas. La competencia por quién se pinta mejor los labios es olímpica. El coqueteo y el movimiento circular de los ojos maquillados atentan contra la cordura. Carla se saca un grito al romper las pantimedias. Las gemelas Brigitte y Charlotte están en la esquina practicando la canción de entrada. El director está en perfecto control de la función a minutos de comenzar.
Es una locura. Son cuarenta y nueve mujeres vestidas de blanco, con los labios pintados color escarlata. Todas con los lunares artificiales al lado de sus bocas sensuales. Todas esperando por una brisa atrevida que levante el vuelo de las faldas de sus vestidos seductores. Todas con el cabello rubio platinado y el peinado singular de la época. Todas, tan parecidas y tan diferentes.
Yo, el único hombre y soy la número cincuenta para completar el aniversario de su muerte. Es patético, que un drama queen sea la estrella de este espectáculo. No buscaban que solo nos pareciéramos a la artista, sino que lográramos trasmitir la tristeza, la soledad y la dulzura de este símbolo sexual.
Fui violado a los diez años por mi vecino, soy huérfano, tengo 36 años y he tenido tres fracasos amorosos para más parecerme a ella. Jamás he sido feliz y soy un usuario incorregible de calmantes. Nunca me enamoré, el abandono me deprime y la traición no la tolero. Siempre quise protagonizar esta revista musical en el Moulin Rouge en mi ciudad
natal Paris. Voy a hacer historia entre mis compatriotas franceses. Cantaré en inglés y bailaré como nunca. En la escena final del suicidio reemplazaré los barbitúricos fatulos por una mezcla de cianuro de sodio y ácido clorhídrico con el simple pretexto de consagrarme en la historia como su fanático más leal.
