Después de dos años de concubinato llevo tres semanas separado de mi pareja. Yo solo y mi gato negro para el mal de amores en el pueblito más pobre de Madrid. El acuerdo de mantenernos distanciados unos días es refrescante. La libertad algunas veces se pierde y las cadenas se multiplican asfixiándote como una hidra. No extraño el ruido de sus pasos por el corredor de madera en la terraza. Es más, ese silencio me arrulla todas las mañanas mientras leo el periódico.
Mi gato está muy raro, observa todos mis movimientos. No se me despega. Me recuesto un segundo y me despierta con su ronroneo tradicional. Lo acaricio y le pregunto: “¿qué te sucede minino?”. Ustedes no podrán creerlo pero el gato habló.
Tengo que respirar y pellizcarme para verificar que no estoy dormido. La ley del secreto funciona, pedí fortuna y válgame Dios con este gato parlanchín me voy a ser millonario. Comparto con él más de cinco horas charlando sin descanso. Debo contratar un representante artístico para sacar el beneficio máximo a este regalo del cielo. También un asesor legal y financiero. Esto es mejor que un cambio de imagen.
Mañana regresa mi amante. Se va a morir cuando escuche al gato hablar como cotorra. Ya me imagino las portadas de los principales diarios de España, aquí en Valdaracete y en el extranjero: “Descubrimiento del Siglo, un gato que habla”.
¿Carajo, y qué va a pasar si el felino confiesa todos mis secretos? Él me conoce mejor que nadie. Cuando nadie me ve sus ojos pardos son mis cómplices. Sobre todo los desarreglos y aventuras de estas tres semanas de pura jarana. No quiero ser mal agradecido con mi destino, pero hubiese preferido una gallinita que ponga huevos de oro o ser amigo íntimo del próximo presidente en mi país. Nada, hablaré con el cura del pueblo, el sabe como desvanecer mis pecados con la confesión, así de seguro también sabrá cómo sonsacar al gato. Me satisfago con un exorcismo o finalmente tendré que cortarle la lengua a mi camarada y conformarme con una tumba sin lápida como el más pobre del pueblo.

