Se acaba de ir la energía eléctrica en todo el pueblo. El calor ya se siente en mis codos y rodillas. Las tormenteras no permiten que las ráfagas refresquen mis entrepiernas. El perro del vecino da sus ladridos de bienvenida a la oscuridad. La lluvia se revienta con fuerza en la puerta principal y las ventanas del balcón. Es un concierto feroz de la naturaleza.
—¡Lalo tienes alguna linterna para tu vecina favorita, me muero de miedo! —gritaba Teresa frente a mi casa en la penumbra.
Desde la habitación del segundo piso ilumino su cuerpo, pero no logro distinguir bien por el aguacero y los vientos.
—No te muevas, voy y te llevo una.
Llego frente a ella en plena tormenta y alumbro su rostro. Me temo que los ojos no muestran desasosiego, sino obscenidad. Dirijo el foco caliente de la linterna a su cuerpo.
—¿Teresa qué rayos haces desnuda en medio de la tormenta?
—Amigo, esperando que la furia de tu tempestad desplume esta lujuria.
