Son las doce de la medianoche. No sé cuando voy a detenerme. Solo escucho el quejido del viento raspando mi cuerpo plateado mientras continúo el viaje a toda velocidad en este vacío. Tantas veces he tratado de no dejar que José me manipule o hiera mis sentimientos. Al final del día, él permanece invicto. La infidelidad con sus dos amantes imaginarias siempre lo confunden. Estas dos rameras tan distintas, como dos polos opuestos en su mente, lo enloquecen; una sumisa, deprimida, coleccionista de tristezas, la otra eufórica, tóxica y maniática. No hay duda que las somete a las dos con maestría. Lo riesgoso es que piensa que su enfermedad está en equilibrio con su automedicación.
Él es implacable cuando me lastima y me obliga a actuar en contra de mi voluntad. Permanezco muda, sigo sin pausa, sabe Dios hacia dónde. Si alguna vez me hastío de tolerar sus golpes, espero no sentirme culpable de no extrañar sus insultos: “Eres como las otras, después que cumplen mis deseos no valen nada”.
Por fin me detengo bruscamente. Estoy atascada en un lugar oscuro, caliente. No tengo idea donde me encuentro. Oigo ruidos y voces que se mezclan en la distancia. Quedo atrapada y mi cuerpo metálico, cilíndrico, se cubre de sangre. Entre la muchedumbre logro distinguir los gritos de un padre desesperado: “María el niño tiene una bala en la cabeza”. A doscientos pies de distancia José endrogado sigue disparando balas al aire celebrando la despedida de un año de pura mierda.

Cuan cierto, es una pena que no sea su propia cabeza. Si ponen un hombre en la luna, porque no inventar una bala que regrese de donde salió, wow; eso si que sería magnífico.