—Cuando te sientas solo jamás abras ninguna tumba —le respondió molesto el celador a su hijo ante la insistencia de abrir la tumba de su madre.
—¿Por qué Papá?
—Si son de seres que amas el recuerdo te dará nostalgia y de seguro llorarás. Si son de amores tronchados te molestará el sabor amargo de sus mentiras. Peor aún si son de amores prohibidos, el aroma pestilente de la lujuria te hará vomitar.
—De seguro es una broma tuya mi querido padre. Pero te entiendo, sé cual es el mensaje. Puedes irte tranquilo que haré mi turno mejor que tú.
Gilberto, vigilante del cementerio nacional por décadas se dirigió a su hogar a eso de las nueve de la noche. El diálogo silencioso de los muertos era el escenario predilecto de Pablito. Apenas su papá cruzó las puertas viejas del cementerio corrió a la tumba de su madre y sin miramientos profanó el sepulcro.
La desilusión fue única. La muerte no había sido capaz de suavizar la amargura de la difunta. La mueca enfermiza que la caracterizaba estaba intacta. Pablito no lloró, ni lo molestó el sabor amargo de una hoja seca que cayó en su boca de improviso. Pero el perfume insoportable del pecado al cerrar el ataúd, lo hizo vomitar.

Interesantísimo, el punch line, nadie muere por casualidad, y la lujuria, dentro de una infancia perdida, no nos toma por sorpresa, es por eso que es tan complejo, tanto como las hijas de un padre que lo emborrachan… hasta procrear otra costilla, para que el mundo siga viviendo… Wow.