Las maté sin remordimiento. Las perseguí hasta descubrir sus hábitos. Era una opción refrescante para quitarme el coraje cuando mi madre me castigaba debido a alguna travesura. ¡Tan insignificantes las chicas! Nunca me preocupé por conocerlas. Las llenaba de azúcar, luego le cortaba las extremidades, también la cabeza.
Siempre quise hacer lo mismo a mi hermana mayor pero no se dieron las condiciones precisas. Aunque la lupa no hubiese sido necesaria en dicha ocasión.
Treinta años más tarde recuerdo la ceremonia con precisión. Después de la número 50, dejé de contar las moscas descuartizadas.
