Cuento: EL FANTASMA DE MARIO

angel%20%20%20fondoNo despego la mirada detrás del gracioso caminar de esta mujer que transita frente a mí. Es una moza con un cuerpo de modelo y con su bata blanca ceñida a la cintura. Sus zapatos de taco alto, pero finito le dan un aire de muñeca Barbie. Con mucha insistencia mete su pie derecho hacia adentro, dándole una apariencia de cojera. Aunque tuerce su extremidad, lo hace con un ritmo delicado, marchando con gracia por el ancho pasillo de la Sala de Emergencia. Trato de seguirle el paso pero no la logro alcanzar. Por fin, cambiamos de rumbo, dobla hacia el área de los ciegos y yo en sentido contrario entro al área del nursing home. No sin antes darle el último vistazo a la espectacular figura de la residente.

—Es el cuarto 2331, aquí a mano izquierda —dice mi novia, dándome cuenta que no andaba solo.

Madeleine entra y descubre a su padre semidesnudo. El pobre viejo no se puede mover ni un céntimo pero es muy ágil para quitarse la parte superior del pijama cuando tiene picor. Ella está muy preocupada de traer a su progenitor a estas vacaciones compulsorias, aunque sea para un leve reposo de su madre. Mi suegra es asmática, cardiaca, diabética y padece de artritis severa. Por su parte, Madeleine es una mujer de 51 años, hija única, viuda, apenas tres meses y medio del fatal accidente. Trabaja como ejecutiva en una tienda por departamentos muy famosa en Barceloneta. Vive sola. Bueno, casi sola, de vez en cuando pernocto en su habitación.

Mientras ella atiende a Don Manolo, me quedo tranquilo en la butaca del visitante. Desde mi rincón observo al paciente del cuarto del lado. Es un hombre fornido, ojos claros y tez muy blanca. Su mirada se pierde hasta que se encuentra conmigo. Me observa sorprendido. Al parecer no le gusta mucho mi apariencia de forastero. O quizás es mi vestimenta poco tradicional que lo trastorna, sobre todo mi chillón lazo amarillo que me fascina. Hay un enfermero colocándole un suero. Mientras una joven bastante sobrepeso le trae el almuerzo. En la entrada del pasillo de la sección Amapola, hay un grupo de enfermeras y trabajadores en una acalorada tertulia. Coloquio circunscrito más a señales y claves que a palabras. Me imagino que es política del hospicio, así los visitantes no nos enteramos de los secretos y chismes que se divulgan por esta comunidad hospitalaria.

Madeleine me hala del brazo y se mueve por el pasillo que la lleva directo a la Sala de Espera a tomar un descanso. El piso es espectacular simulando madera. Se conserva bruñido, impecable. Hay dos conserjes limpiando las superficies de linóleo, el más joven está restregando una manchita de pintura que uno de los obreros dejo caer por descuido. Al fondo una pared azul con una pecera. Al otro extremo del corredor una jaula gigantesca con tres pájaros. ¡Un equilibrio mágico! Esta armonía se malogra con el cacofónico ruido de un perico amarillo que no cesaba de molestar.

En el medio de la sala hay dos veteranos postrados en sus sillas de ruedas, bastantes maltrechos. El que se encontraba exactamente debajo de la lámpara de techo, estaba arropado hasta el cuello con una sábana blanca de algodón. ¡Con doce pulgadas más y le cubren hasta la cabeza como a un mismísimo muerto! Su cuerpo permanecía inclinado en formación fetal. Su rostro estaba casi en coma. Se reflejaba una tristeza en sus ojos que contagiaba con tan solo observarlo por curiosidad. ¿Qué estará pensando? ¿En la guerra,… en sus seres queridos? Se ve tan vacio que prefiero cambiar la vista al otro ex soldado. Más o menos igual de solitario. Este se ve más enfermo, pero creo está más en el mundo de los vivos. Este pensionado tiene conectado oxígeno y sonda, además tose en demasía. Tampoco tiene piernas. Definitivamente las miserias y el dolor son relativas. Madeleine al comparar a su tata con estos dos militares moribundos se percata de lo bienaventurados que somos. En la parte trasera estaba sentado este joven veterano con trencitas hasta la espalda susurrando la melodía de la película Titanic, que disfrutaba junto a su hija.

Se acabó la tranquilidad, llegó Don Juan Adorno, el primo de Madeleine, mi rival. Desde pequeños sus padres querían casarlos. Pero el muy listo, se casó con otra y tuvo a mi Madeleine de querida por más de una década. Hasta que llegué yo. Este gavilán jamás me lo perdonó. Hace dos años que su esposa falleció, los mismos que lleva tratando de reconquistarla.

—Hola querida, ¿Cómo está el viejo?

—Como siempre un poco ido pero contento. Molesto porque no desea hacer sus necesidades en el pañal, prefiere que lo escolten al inodoro. Pero cada día es más difícil ya que sus huesos pesan demasiado, y sus piernas no le responden desde hace meses.

Aunque Madeleine no se me despega, él le echa el brazo por el otro lado que tiene libre y nos acompaña de vuelta al cuarto. Esta situación es tan embarazosa, aún más incómoda que cambiar al suegro después de una de sus gracias. No sé cuanto pueda tolerar este triángulo amoroso, pero estoy a punto de explotar. Me revienta que se haga el noble, el erudito, el hombre de valores y exitoso en los negocios. Siempre tan hipócrita. ¿Por qué ella no se da cuenta de lo falso que es este canalla? ¿Qué la mantiene aún con esperanzas de que la ame algún día? Es un billete de lotería sin premio, creando un sinfín de sueños, pero al final ni reintegro. Es un seductor, con el talento indescriptible del canto de las sirenas. ¡Cuánto la ha hecho sufrir!  Si pudiera hablar con libertad le exigiría mis derechos, y la haría entrar en razón.

—Hola Manolo cómo estás hoy, me imagino que enamorando a las enfermeras   —decía el picaflor mientras llegaba al lado de mi suegro.

Ya yo ni fu ni fa  —repitiendo la frase dos veces con dificultad. —La nena siempre me cuida y eso me basta. Ella es mi ángel de la guarda.

—Mira Manolo, yo creo que ella quiere más a ese peluche que le regaló el muerto cuando se comprometieron para casarse. Fíjate que no lo suelta desde que se fue de este mundo —añadía ese tonto celoso, clavando su mirada en mí sin interrupción.

—Permíteme aclararte algo Juan, no me fastidies más y basta ya de acosarme. Sabrás que este payasito es mi compañía desde la muerte de Mario y es el colmo que ahora también me celas de un muñeco —le ripostaba mientras me apretujaba con todas sus fuerzas, además de darme un beso en mi redonda y roja nariz. Ella lo miró en la distancia y Juan se quedó malhumorado, en silencio.

payaso

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About edwincolonpagan

Autor del libro "Mi Peor Enemigo Soy Yo". Pintor, cuentista, planificador profesional, profesor universitario y motivador. 101% Puertorriqueño.
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5 Responses to Cuento: EL FANTASMA DE MARIO

  1. Qué bueno! Me ha pillado totalmente desprevenido. Qué estupendo final! Felicidades!

  2. Amigo, me alegro que te haya sorprendido el final, mi yerno le pasó lo mismo, el no se explicaba como Mario era tan comprensivo y bobo que no decía nada a Juan Adorno ni a la misma Madeleine con lo que sucedía, claro era un fantasma metido en el payasito. Gracias por tus felicitaciones, yo me divertí muchísimo bordando este cuentecillo.

    • Me chirriaba un poco que sólo unos pocos meses después de haber perdido a su marido Madeleine ya estuviera saliendo con otro hombre, pero claro, es que había una sorpresa preparada… jajaja!
      Oye, ¿te gustaría participar en el blog colectivo ‘Salto al reverso’? Somos varios autores que publicamos relatos, cuentos, poemas, incluso dibujos, cada uno con la periodicidad que le apetece. Este es el enlace: http://saltoalreverso.wordpress.com/
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