
La busqué en hospitales, cementerios, hasta debajo de las piedras. No debí ofrecer matrimonio a una divorciada reincidente.
Recuerdo los reproches de mamá cuando te esperaba en el altar: «¡La basura al zafacón!».

La busqué en hospitales, cementerios, hasta debajo de las piedras. No debí ofrecer matrimonio a una divorciada reincidente.
Recuerdo los reproches de mamá cuando te esperaba en el altar: «¡La basura al zafacón!».

Fue amor a primera vista. Un cuerpo desnudo atizó mi llamarada. Las lágrimas se fundieron a toda prisa. La cera se derretía.
Decidí apagarla. Así, la volvería a quemar al amanecer.

Ahí, recostado contra el cristal de la ventana. De mi edad y estatura, aunque confieso es más guapo. La gente entra y sale sin mirarlo.
Un oficial del tren grita: ¡Está muerto!
Seis horas después retiran mi cuerpo.
Entre montañas
runruneo leyendas
por los silencios.
Crepita el bosque
soy ninfa mitológica
roca sonante.
Onda fugaz
espejo de sonidos
reflejo tu voz.
Años escuchando leyendas sobre mí y aún no me acostumbro. Tampoco a estar en cautiverio después de ser tan famoso. Mantienen mi ubicación en secreto. Protegido por sistemas de seguridad y personal entrenado en esta mansión.
Todo era perfecto. Hasta que una de mis cuerdas se rompió. Siguió tocando sin importar el estruendo, obligó al director y a los músicos a continuar. Se rompieron dos cuerdas más antes de finalizar la pieza.
Hipnotizado, el violinista Paganini acarició mi única cuerda. Hasta con una sola cuerda siguió tocándome. Desde entonces comenzaron a llamarme obra del diablo.

Café escéptico
a promesas de amor
en cada sorbo.
A veces, negro
como la noche infiel
de tu partida.
Fluye el silencio
en mis húmedos labios
del café puya.
Escapa el humo
blanco desde la taza
en forma de cruz.

Ella espera en la suite nupcial… Yo permanezco en el vestíbulo del hotel. Rastreo su móvil. Examino algunas páginas de su chat privado. La información está encriptada. Hackeo la cuenta. Paso los datos a mi ordenador portátil. Uso un decodificador disponible en línea. Abro la caja de Pandora. Suspiro. Entro al bar. Pido una botella de brandy jerezano. Respiro el aroma. Bebo. Evoco nuestro juramento, mientras contemplo el crucifijo tatuado en el antebrazo del barman. Subo a la habitación. Beso a mi amada. Dejo caer un poco de brandy sobre su vientre; con mi lengua dibujo la silueta de una copa. Brindo por pasar página.
Llevo toda mi vida sobre ruedas. Soy la niña más veloz del barrio. Recorro las calles de arriba a abajo. Pido limosnas en la calle principal del vecindario. Ayudo a mi mamá con mis hermanos menores.
Espero que lea mi carta: Santa, mi carretilla de madera necesita ruedas nuevas. Una vez más, olvidaste conseguirme las piernas.

La huelo. La gata está afuera. El hábito de estar merodeando mi casa me fastidia. Corro. Busco una salida. Necesito decirle que no es bienvenida.
Me pego al cristal. Respira en mis narices. Le grito y muestro mis afilados colmillos.
Hace años que perdí mi libertad.