Después de esperar diez meses, el cartero trajo correspondencia. A pesar que no tenía remitente, reconocería esa letra cursiva dondequiera. Me emocioné, el corazón parpadeaba, los latidos estaban descontrolados y quedé sin respiración. El sobre estaba perfumado con ese olor peculiar que me hacía temblar desde que te bajabas del carro.
Abrí el sobre, desdoblé el papel con la prisa de leer tu carta. No me sorprendí al hallar un beso marcado con pintalabios de tu color favorito en la hoja en blanco, sin una palabra, sin una letra.
