En la víspera de su malograda muerte quiero recordar su nacimiento. La imaginación dejó escapar decenas de hilos de luz regando hadas, duendes, unicornios, centauros, sirenas, caballos alados, árboles parlantes y magos en el jardín de los sueños. Mientras que en nuestra Isla, para establecer un balance de las maravillas del universo, nos regaló este niño con voz de ángel.
Las estrellas y otros astros celestes imploraron a Dios le permitiera a su madre que lo escuchara cantar por última vez, que grabara ese canto sobrenatural que lo distinguía en su juventud. El día antes de la operación de garganta, acostado en su cama, él cantó como nunca aunque ya el cáncer había empezado a lastimar sus cuerdas vocales. Jamás ella se olvidará como el inmenso cuarto blanco del hospital se hizo pequeño para recibir a las miles de notas musicales que danzaban en la sonrisa multicolor de su hijo.
Todo era tranquilidad. El manantial abrió las cortinas de agua dulce para que las sirenas cantaran el himno de bienvenida al cielo de este ser luminoso. Ocurrió el milagro, el joven sobrevivió a la operación, erradicaron el mal de su cuerpo para siempre. A pesar que su voz privilegiada no corrió la misma suerte, pues fue a morar con los querubines al Paraíso; el ángel sigue viviendo con su madre adorada en el mundo de los mortales.
