No lo pensó mucho. Decidió sacar el valor que desde hace meses tenía escondido para escapar. Mientras ella preparaba el desayuno y él manoseaba las teclas excitándose con pornografía en la pantalla de su computador, le grita:
—¡Basta! ¡No te soporto! —una lágrima de coraje baja despacio por la cicatriz envejecida del año pasado.
—¿Qué dices? Repite si quieres que te haga comer vidrios molidos, estúpida.
Desde que ella decidió “poner los puntos sobre las íes”, perdió el habla como la h. Su abecedario está incompleto, muchas consonantes heridas, y lamentablemente la vocal i perdió su cabeza

Cuando la “R” murió la “L” tomó su puesto.