Cuando lo vio por primera vez, dejó de ser dueño de sus pensamientos. Es imponente como ese rugir espectacular hace vibrar la mesa de dibujo. Él no deja de pensar cuándo le tocará el turno de entrar en esa oscuridad que a sus compañeros de colores les apasiona.
Es único, eléctrico y se los traga uno a uno según el caricaturista los necesita para dibujar en el papel los muñequitos que lo inspiran. Sabe que según entre en el cuerpo mecánico va a soltar la viruta que lo protege. El nieto de Picasso con su mano introduce el lápiz en el sacapuntas. El enamorado de madera y grafito pierde la virginidad con este devorador de lápices. El deseo ya está consumado, y dentro de un tiempo breve perderá todo el aserrín y el carboncillo.
Como es de esperar, otro ocupará su lugar.
