
Soy la preferida de la abuela. La acompañaba cuando cogía el ruedo de los pantalones del yerno o la ropa de sus once nietos. Después del accidente me lleva consigo a cualquier lugar, cuando pasa el mapo, barre o limpia los trastes, si va de paseo, al preparar el desayuno o la cena. Es una esclava blanca de ojos azules. Mientras su hija y su marido se la pasan borrachos bebiendo vodka. Su único vicio es masticar palillos de madera, como fósforos, o de metal como alfileres o imperdibles.
Juguetea conmigo. Me lleva en su dentadura postiza ensartada aún con el hilo rosa del traje de la nietecita. Entonces, se resbala por las escaleras del segundo nivel. Se atraganta conmigo. En el esófago, me atasco entre los pulmones, a espaldas del corazón.
