
Ella comienza y mete dos de sus bolas rayadas en la mesa de billar. Él sabe que ya perdió el apartamento de verano en Hawaii. La mujer del capo vuelve a tirar y falla. Él aprovecha y entra dos de sus bolas también. Con esta jugada obtiene el Mercedes deportivo. Pero los nervios lo traicionan y en la próxima tirada las bolas se quedan congeladas sobre el diamante. El turno le corresponde a ella y las lágrimas no la dejan concentrarse. Sabe que tiene que analizar sus movimientos antes de actuar. Él se queda en silencio y mete cinco de sus bolas. Gana la mansión, los dos caballos de pura sangre y el granero. El 8 negro no entra en este turno.
Ella imita a su esposo, metiendo todas sus bolas.
Ambos se juegan su poder en las últimas jugadas pues el que gane se lleva las jugosas cuentas de banco, los certificados de ahorro, el efectivo de la caja fuerte y todos los documentos de las propiedades, el avión privado, el yate y el hotel. El 8 negro entra a gran velocidad. Ella grita de emoción y él la empuja sobre el billar con ganas de romperle el palo en su cabeza.
Las gemelas de doce años brincan de sus asientos y les quitan los palos a sus padres simultáneamente. Ponen los palos recostados contra la pared y ellos le hablan:
«Nosotros también somos gemelos y no nos gustaría que nos separaran. No quisiéramos que se desencantaran con papá y mamá. Pero es preciso decirles que ellos acordaron separarlas. Piensan que son mala influencia la una para la otra y que le agotan la paciencia a cualquiera. Creen que ustedes son las principales responsables de su ruptura y ponen en peligro el imperio más poderoso del narcotráfico en la región».
Los dos palos murmuraron a las gemelas secuestradas: «Así que niñas, el único punto que no generó conflicto en la negociación del divorcio por acuerdo mutuo fue separarlas».
