
Un gladiador enfrentó al oponente más temible. La arena rugía, el público romano clamaba. El pobre egipcio, con su mirada que no alcanzaba a ver el ombligo de este imponente animal, no llevaba casco, confiaba en su velocidad y táctica para vencer. El romano usó su lustroso casco con el rostro a la intemperie.
En el primer acercamiento, el egipcio perdió la espada, el romano lo tumbó al ruedo con todo y tridente. Lo arrastró al centro de la plaza. Lo agarró para dar el golpe final y lo miró al rostro. Le gritó. El egipcio aprovechó y lo escupió. El buche de saliva entró directamente a la boca abierta del mastodonte y cayó muerto.
El silencio duró apenas un segundo, una ovación de pie daba la bienvenida al nuevo ganador. Mientras recogían el cadáver del excampeón, al egipcio lo esperaba una doncella en el interior del coliseo. Lo abrazó y lo besó.
La doncella cayó muerta de inmediato, se olvidó de beber el antídoto del veneno que aún quedaba en los labios del nuevo campeón.
