
Entró el jurado a deliberar luego de escuchar todos los testigos de mi defensa y de la fiscalía. El destino estaba en manos de estas doce gotas previamente seleccionadas por las partes y orientadas por el juez. El gran jurado: dos gotas de rocío frescas de la mañana, dos de lágrimas: una de alegría y otra de tristeza, una de saliva, tres gotas eróticas: una de semen y dos de fluidos vaginales, una de sudor, una de orín y dos de sangre tipo AB negativo con altos niveles de colesterol.
«Culpable» fue el veredicto. La gota de veneno, testigo de mi defensa, no pudo probar mi inocencia. El juez, una gota de güisqui dictaminó cadena perpetua. Mi madre, una gota de perfume francés llenó la sala de aroma de apariencias. Mi padre, una gota añeja de vino tinto dejó escapar un grito de alcohol ante su insatisfacción por la sentencia.
Soy inocente, fui creada a la imagen y semejanza de una gota divina y mi destino estaba predeterminado: ser la gota que derrama el cáliz en cada eucaristía del obispo alcohólico en la capital.
