El féretro comenzó a brincar. Imposible mantenerse de pie. Las ventanas se desprendían. Todos corrían de un lado a otro. Agarré fuertemente a mis hijas. El balcón de la funeraria se tambaleaba. Gemía. El muerto se salió del féretro. El ataúd se hizo pedazos. Salimos despavoridas buscando un lugar seguro.
El temblor fue la antesala a un mar rabioso. La orilla de la playa estaba repleta de peces moribundos. El horizonte se devoraba la arena. El mar se retiró hasta desnudar sus huellas. A lo lejos se distinguía una inmensa criatura. Borboteando espuma por su mandíbula azul turquesa.
Sobrevivimos. El pueblo quedó de luto. Se espumó la despedida.
Mi marido fue encontrado junto al chofer del carro fúnebre y otros más, en el estómago de una ballena azul que agonizaba a orillas de la playa.

