
Rojo, amarillo y verde, al compás de las luces los guardias reales autorizaron el paso. Estos me trajeron ofrendas y hasta manjares deliciosos para el convite. Mi esposa instruyó a las concubinas y a las trabajadoras domésticas para una celebración especial: mi cumpleaños. Otras practicaron los bailes exóticos con un vestuario de plumaje exquisito que a mí me fascina. Mis hijos menores se cobijaron de sus respectivas madres ante el visir que supervisa el local. No querían que me dieran quejas de ellos. Sabían que no como cuentos y aunque no hayan roto el cascarón, los reprendería con la misma firmeza que castigo a los eunucos.
Las esposas como siempre cacarearon como es natural de su género. Detuve a un príncipe de otro recinto pues mis guardias que parecen más eunucos que otra cosa, lo dejaron acercarse a una de mis esposas. Lo corrí furibundo. Como dirían mi madre sultana: a picotazo limpio.
Las hembras dejaron el chisme y se pusieron a degustar los alimentos de la celebración. Con sus uñas y hasta con sus picos rascaron la tierra buscando los gusanos más jugosos.
Los carros sonaron sus bocinas para pasar antes que el semáforo de mi esquina los detuviera. Me alborotaron el gallinero. Y demás está decir que se acabó mi ilusión. Me molesté, moví las alas con fuerza y canté.
