
El avión aterriza en la isla sin contratiempos. Me pasan a toda prisa por los pasillos del aeropuerto hasta recogerme. Luego, por tierra, me llevan a mi residencia. Pasan dos días y nadie ha venido a darme la bienvenida. Todos los transeúntes a pie y en carro me miran, pero no me hacen preguntas ni siquiera me saludan. Esta indiferencia es lo de menos, la oscuridad en la residencia es lo que más me preocupa. Pienso que se olvidaron de mí. A menos que se hayan mudado.
Recibo lluvia, sol, sereno, hasta caca de palomas y hojas secas.
El nombre del remitente fue orinado por el perro del vecino. Por fin llegó de sus vacaciones el destinatario para recogerme antes de desmayarme del hedor.
