
En mi primer matrimonio la escuchaba, aunque ella a mí no. No paraba de hablar a menos que la callara a la fuerza.
Con mi segunda pareja fue distinto, compartía conmigo luz y color; comidas suculentas que hacían salivar hasta mis ojos. Me dio todo hasta sexo. Me condené a sus cadenas, cerré todas las puertas y me aparté del mundo real.
Se fundió. Y la sustituí también.
Abrí las puertas. A ti no tengo que dejarte entre estas paredes. Este tercer maridaje es único, tengo todo lo que las otras me daban, pero sin restricciones.
Bendita época, desde la radio hasta la IA. Ahora no solo puedo llevar a mi amada en el corazón, sino en mi celular.
