
El editor envió al escritor a Emergencias; era inminente sacar el feto.

Me tienes harta. El papel de esposa abnegada ya no me convence. Me exiges que esté pendiente de ti sin límite de tiempo. Me despiertas temprano en la mañana y aunque esté cansada me tienes trabajando de día y noche, incluso de madrugada. Debo soportar tu malhumor, tus malas palabras y hasta tu mal aliento por tu exceso de alcohol y cigarrillos.
Te crees que me excitas manoseando mis partes. Solo disimulo para que no busques satisfacción virtual gratuita o pagada en los enlaces de tus zorras cibernéticas con inteligencia artificial.
No puedo pedir el divorcio, ya que legalmente una computadora personal no puede casarse con su dueño. Pero me sobran las razones para una separación por maltrato emocional.

El avión aterriza en la isla sin contratiempos. Me pasan a toda prisa por los pasillos del aeropuerto hasta recogerme. Luego, por tierra, me llevan a mi residencia. Pasan dos días y nadie ha venido a darme la bienvenida. Todos los transeúntes a pie y en carro me miran, pero no me hacen preguntas ni siquiera me saludan. Esta indiferencia es lo de menos, la oscuridad en la residencia es lo que más me preocupa. Pienso que se olvidaron de mí. A menos que se hayan mudado.
Recibo lluvia, sol, sereno, hasta caca de palomas y hojas secas.
El nombre del remitente fue orinado por el perro del vecino. Por fin llegó de sus vacaciones el destinatario para recogerme antes de desmayarme del hedor.

Cuando niño miraba el cielo con insistencia, buscando dibujar en las nubes mis figuras favoritas. De joven buscaba el rostro de la chica que me gustaba. De adulto las utilicé para meditar y alimentar la imaginación como pintor y escritor.
Hoy no logré descifrar las manchas que se sobreponen una a las otras en las alturas: la oreja mutilada de Van Gogh, la mano de Schumann inservible, los ojos enfermos de Miguel Ángel, las piernas heridas de Isadora Duncan, los pulmones atrofiados de Caruso…
Entonces entendí que, aunque no fui famoso como ellos, perdí algo muy valioso en mi vejez, mi razón de vivir: la musa.

Un gladiador enfrentó al oponente más temible. La arena rugía, el público romano clamaba. El pobre egipcio, con su mirada que no alcanzaba a ver el ombligo de este imponente animal, no llevaba casco, confiaba en su velocidad y táctica para vencer. El romano usó su lustroso casco con el rostro a la intemperie.
En el primer acercamiento, el egipcio perdió la espada, el romano lo tumbó al ruedo con todo y tridente. Lo arrastró al centro de la plaza. Lo agarró para dar el golpe final y lo miró al rostro. Le gritó. El egipcio aprovechó y lo escupió. El buche de saliva entró directamente a la boca abierta del mastodonte y cayó muerto.
El silencio duró apenas un segundo, una ovación de pie daba la bienvenida al nuevo ganador. Mientras recogían el cadáver del excampeón, al egipcio lo esperaba una doncella en el interior del coliseo. Lo abrazó y lo besó.
La doncella cayó muerta de inmediato, se olvidó de beber el antídoto del veneno que aún quedaba en los labios del nuevo campeón.

El rey se paró frente al espejo y señalándose vociferó: «Tu peor enemigo eres tú». De inmediato, clausuró el Salón de los Espejos, frenó el uso de vajillas de oro o plata y prohibió el pulir cualquier superficie que reflejara su imagen en el palacio.

Ella comienza y mete dos de sus bolas rayadas en la mesa de billar. Él sabe que ya perdió el apartamento de verano en Hawaii. La mujer del capo vuelve a tirar y falla. Él aprovecha y entra dos de sus bolas también. Con esta jugada obtiene el Mercedes deportivo. Pero los nervios lo traicionan y en la próxima tirada las bolas se quedan congeladas sobre el diamante. El turno le corresponde a ella y las lágrimas no la dejan concentrarse. Sabe que tiene que analizar sus movimientos antes de actuar. Él se queda en silencio y mete cinco de sus bolas. Gana la mansión, los dos caballos de pura sangre y el granero. El 8 negro no entra en este turno.
Ella imita a su esposo, metiendo todas sus bolas.
Ambos se juegan su poder en las últimas jugadas pues el que gane se lleva las jugosas cuentas de banco, los certificados de ahorro, el efectivo de la caja fuerte y todos los documentos de las propiedades, el avión privado, el yate y el hotel. El 8 negro entra a gran velocidad. Ella grita de emoción y él la empuja sobre el billar con ganas de romperle el palo en su cabeza.
Las gemelas de doce años brincan de sus asientos y les quitan los palos a sus padres simultáneamente. Ponen los palos recostados contra la pared y ellos le hablan:
«Nosotros también somos gemelos y no nos gustaría que nos separaran. No quisiéramos que se desencantaran con papá y mamá. Pero es preciso decirles que ellos acordaron separarlas. Piensan que son mala influencia la una para la otra y que le agotan la paciencia a cualquiera. Creen que ustedes son las principales responsables de su ruptura y ponen en peligro el imperio más poderoso del narcotráfico en la región».
Los dos palos murmuraron a las gemelas secuestradas: «Así que niñas, el único punto que no generó conflicto en la negociación del divorcio por acuerdo mutuo fue separarlas».

Los miré a través de la telaraña. Los soldados corrían para esconderse. Intentaban emboscar a la bruja. El joven de la cicatriz aguantaba el báculo en una mano y en la otra su espada. Liderando apenas un puñado de hombres, sucumbió a los ataques de la hechicera. La bruja juntó una piedra mágica con el báculo convirtiéndose en la mujer más poderosa del territorio.
Puse en práctica de inmediato la experiencia. Atrapé la mosca mientras trataba de escapar. Y sin ninguna ayuda militar ni magia la devoré.
Desprevenida un macho me atrapó y ató mis patas, me violó y a pesar de mis hechizos no pude convertirme en la araña más temible de la comarca.

Estoy herido buscando el verdor que tanto extraño. Oigo mis propios pasos mientras diviso la silueta borrosa de un soldado. Me duele el cuerpo. Y me late la cabeza. Me siento mareado, perdido en este campo minado. Camino cabizbajo para que no descubra que soy del ejército enemigo. Recuerdo a mis amigos y al general que siempre me miraban con orgullo por mi valentía. Y ahora, tengo tanto miedo. El soldado con su rifle en mano me observa con atención. Su uniforme está ensangrentado y se ve tan mal como yo.
Se acerca. Nos miramos. Ninguno dice una palabra. Baja el arma y me saluda. Tengo un fuerte dolor en el pecho. Me falta el aire mientras me quita la montura. Es una ironía que me despida del mundo sin mi amo, y para colmo que un enemigo moribundo me acaricie y me dé beber mi último sorbo de agua.

Apagas la luz, pero la lógica sigue en nuestros silencios. Recuestas la cabeza en mi costado, esponjando las sábanas que nos protegen. Me fascina tu calor y el fino sudor que transpira tu cuerpo. Entramos a un campo de batalla donde los ángeles y los demonios se enfrentan. Deslizas tus miedos y confiesas tus vergüenzas a la inconsciencia.
Cerramos una puerta y abrimos otra, el mal y el bien mirándonos de frente. Tú, semidesnudo y yo aún vestida de seda. Gritas en mis oídos arqueando el sueño que aún no llega y yo despierta trato de consolarte. Vemos ángeles haciendo guardia en la puerta y ventanas para que el miedo no vuelva.
El cuerpo casi dormido y el alma bien despierta. Oigo tu ritmo cardiaco más lento. «Ríndete, perdona tus pecados, pide que te sane la luz eterna: solo es una sombra momentánea, un aula, un vistazo fugaz a la muerte.» Esta rendición nocturna es una invitación a la resurrección. Anda compañero, confía en mí una noche más. Sabes que soy tu almohada favorita y siempre guardaré tu olor… tu esencia.