Inició sus ejercicios como de costumbre. Siempre acompañamos al general desde su recaída. Gruñe a toda la unidad menos a nosotros cuatro. Después de saludarnos, estira y mueve su esqueleto.
Permanecemos quietos, callados y atentos al nuevo enfermero gay que le toma los vitales.
El jefe nos sigue con su mirada y sonríe, nos da instrucciones: «Atención soldados: Yogy, Winnie, Dumbo y ¡tú también Flipper!» Acabo de reclutar al nuevo peluche Rainbow para liderar la próxima misión.
Le arrancó los ojos, le cortó las manos, le extirpó la lengua, amputó sus piernas y al final me limpió el filo con la sábana, dejándonos a ambos, reposar sobre el colchón profanado.
Rojo, amarillo y verde, al compás de las luces los guardias reales autorizaron el paso. Estos me trajeron ofrendas y hasta manjares deliciosos para el convite. Mi esposa instruyó a las concubinas y a las trabajadoras domésticas para una celebración especial: mi cumpleaños. Otras practicaron los bailes exóticos con un vestuario de plumaje exquisito que a mí me fascina. Mis hijos menores se cobijaron de sus respectivas madres ante el visir que supervisa el local. No querían que me dieran quejas de ellos. Sabían que no como cuentos y aunque no hayan roto el cascarón, los reprendería con la misma firmeza que castigo a los eunucos.
Las esposas como siempre cacarearon como es natural de su género. Detuve a un príncipe de otro recinto pues mis guardias que parecen más eunucos que otra cosa, lo dejaron acercarse a una de mis esposas. Lo corrí furibundo. Como dirían mi madre sultana: a picotazo limpio.
Las hembras dejaron el chisme y se pusieron a degustar los alimentos de la celebración. Con sus uñas y hasta con sus picos rascaron la tierra buscando los gusanos más jugosos.
Los carros sonaron sus bocinas para pasar antes que el semáforo de mi esquina los detuviera. Me alborotaron el gallinero. Y demás está decir que se acabó mi ilusión. Me molesté, moví las alas con fuerza y canté.
—Ve a buscar la cera yo traigo la aguja. Ojalá que Aisa haya conseguido el cepillo en la oficina del director.
—Sin el mechón de pelo no hay Vudú que valga—ripostó Décima.
—¿Trajiste el cepillo? —preguntó Nona.
—Como protegida del director sé dónde guarda sus cosas personales. Nona atraviesa con la aguja el muñeco de cera mientras Aisa cae muerta ante sus dos compañeras del club. Ella olvidó que el director la había peinado en su oficina la noche antes
Fue amor a primera vista. Su mirada me tasó de arriba abajo. Imposible sonrojarme. Me tocó y luego como era de esperarse me manoseó. Subió por segunda y tercera vez mostrando repugnancia a mi presencia. ¿Qué problema tendrá este caballero conmigo? Su molestia y asco casi se infiltraban a través del acrílico azul que nos separa.
En serio, no lo entiendo, ¿esperaba más de mí? ¡No jodas! Todos cambiamos en el tiempo, unos más aprisa que otros. Por mi naturaleza, con mi trabajo 24/7, sudando a chorros, es obvio que no siempre esté presentable. Además, ¿qué tanto murmura este mequetrefe? Estoy seguro de que está más sucio que yo, por fuera y por dentro. Me dan ganas de mandarlo directo al infierno, pero solo tendría que bajar la escalera y entrar a su casa.
Sabía que este malagradecido me iba a sustituir por otro. Me miraba con una mueca traviesa mientras me tiraba en la bolsa de basura. Pobre del próximo, tan pronto se ensucie traerá un filtro nuevo para que no se contamine la cisterna.
Un gladiador enfrentó al oponente más temible. La arena rugía, el público romano clamaba. El pobre egipcio, con su mirada que no alcanzaba a ver el ombligo de este imponente animal, no llevaba casco, confiaba en su velocidad y táctica para vencer. El romano usó su lustroso casco con el rostro a la intemperie.
En el primer acercamiento, el egipcio perdió la espada, el romano lo tumbó al ruedo con todo y tridente. Lo arrastró al centro de la plaza. Lo agarró para dar el golpe final y lo miró al rostro. Le gritó. El egipcio aprovechó y lo escupió. El buche de saliva entró directamente a la boca abierta del mastodonte y cayó muerto.
El silencio duró apenas un segundo, una ovación de pie daba la bienvenida al nuevo ganador. Mientras recogían el cadáver del excampeón, al egipcio lo esperaba una doncella en el interior del coliseo. Lo abrazó y lo besó.
La doncella cayó muerta de inmediato, se olvidó de beber el antídoto del veneno que aún quedaba en los labios del nuevo campeón.
Me vendí galopando con paso fino por la pradera hasta que te conquisté. Luego me comporté como un potro salvaje. Ahora, permanezco mirando los barrotes como toda una zebra.
Soy la preferida de la abuela. La acompañaba cuando cogía el ruedo de los pantalones del yerno o la ropa de sus once nietos. Después del accidente me lleva consigo a cualquier lugar, cuando pasa el mapo, barre o limpia los trastes, si va de paseo, al preparar el desayuno o la cena. Es una esclava blanca de ojos azules. Mientras su hija y su marido se la pasan borrachos bebiendo vodka. Su único vicio es masticar palillos de madera, como fósforos, o de metal como alfileres o imperdibles.
Juguetea conmigo. Me lleva en su dentadura postiza ensartada aún con el hilo rosa del traje de la nietecita. Entonces, se resbala por las escaleras del segundo nivel. Se atraganta conmigo. En el esófago, me atasco entre los pulmones, a espaldas del corazón.