
De samurái a verdugo
La ejecución era hoy. Los samuráis desertores estaban condenados a morir en manos del verdugo más veloz y temido del ejército japonés. Doce desertores cubiertos con capuchas blancas fueron decapitados uno a uno. Ninguno se movió y sus cabezas rodaban envueltas en los paños blancos manchados de rojo. Segundos antes de llegar al duodécimo encapuchado, este se quitó el manto. Miró fijamente al verdugo y se le aguaron los ojos. El verdugo se irritó tanto que le cercenó la cabeza con tal fuerza y velocidad que permaneció pegada a la nuca.
La víctima no parpadeó, lo siguió mirando con tristeza, mientras del cuello le chorreaban hilos rojos sobre su túnica blanca. Observó a todos los presentes y quieto expiró diciéndole sus últimas palabras:
—Padre, después de quince años en el exilio esperaba que me perdonaras.
