Ella seguía leyendo el cuento favorito a su sobrino aunque ya estaba muerto. Las manos le sudaban al punto que las imágenes de los personajes infantiles se empezaron a decolorar. El librito parecía derretirse entre sus manos. Pensó suicidarse antes de que llegara su hermana y el cuñado a recoger a su hijo. No entendía cómo por desatender al niño por unos minutos mientras contestaba los mensajes de texto a su novio, el bebé se había caído por las escaleras del segundo piso.
Mariana seguía narrando los relatos fantásticos en voz alta con la esperanza de encontrar entre las páginas mojadas de lágrimas, un mago o hada madrina que la sacará de esta pesadilla.
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