Cuento: NO LOGRO RECORDAR QUIÉN SOY

martinlanger11.jpgContemplo el retrato una y otra vez. “Love is Forever”, 22 de febrero 2004, cincuenta años juntos y aún nos amamos. Ella peina mi cabello y rasura mi barba que todavía se empeña en salir. El calor del mediodía entra por las ventanas de cristal que sustituyeron las de metal, descascaradas… enmohecidas. La brisa susurra por debajo de las puertas del balcón que dan directo a la playa. Las palmeras chismorrean, más o menos a la misma hora entrada la tarde. Juego con el silencio que se desvive por mantenerme alerta. Recuerdo en las pocas memorias que me acompañan, los cientos de carcajadas de mis tres hijas.  Las nostalgias se astillan al colarse las imágenes de mi soberbia y mal humor aceptando que no volveré a caminar.

Mi compañera lucha incansable por mantener la llama del amor encendida. ¿Empeñada en vencer al destino? Sigue el tiempo cubriendo de arrugas y deshojando su cabellera. Ella vuelve a tocarme con pena, me pinta de escarlata las mejillas, se traslucen los huesos desgastados entre la piel transparente. Zul deja escapar una lágrima, inesperada, poniendo al relieve su cansancio. Mujer que con voluntad posterga mi muerte presagiada.

Este momento embarazoso del aseo matutino sí que no tiene precio. Sus brazos tratan sin resultado de levantarme del colchón. El quejido de la cama de posiciones logra desconcertar sus firmes intenciones del lavado. ¡Toda una ceremonia! Prende el tocacintas evidentemente maltrecho, donde mantiene todavía la colección de la música de danza y la mazurca; también boleros en las voces de los tríos más famosos del ayer.

Llena la palangana de agua exactamente a la mitad sin equivocarse y el trapo limpio de algodón enjabonado para bañar a su prometido lo lleva como de costumbre en el hombro derecho. Zul es toda una diosa. Imponente en sus años de juventud, ahora delicada en sus últimos intentos de confundir a la vejez. Al compás del danzón va pasando de arriba a abajo el agua con jabón por mis genitales. Chorro que deja escapar sobre el cuerpo desnudo de este adonis con picardía. Es casi un juego erótico este ceremonial.  Mientras  yo, me arresmillo debido a los escalofríos del agua fresca que se lleva el sucio acumulado de hace dos días. La cama mojada revela la silueta no solo de mi cuerpo sino de mi alma, una vez terminada esta celebración bautismal.

¡Qué fémina!  Todos los días me sorprende.  ¿De dónde saca las fuerzas o la astucia para confundir su estado avanzado de artritis? ¿Con qué trucos ella puede vestirme mientras permanezco postrado mirando al techo? Confieso que nunca tuve esa paciencia con ella cuando me sentía como un roble. Las gotas de sudor le interrumpen la visibilidad por un instante. Aprovecha para secarse el rostro con una funda limpia que había olvidado durante la mañana en el extremo inferior izquierdo de nuestra alcoba.

Enciende el abanico de techo y arropa tiernamente a este recién bañado.  Me pone unas gotas de mi perfume favorito, y se mueve a la sala tan rápido como le permiten sus piernas lastimadas por el exceso de trabajo y la fortuna caprichosa. Sigo aquí, según me dejó postrado en pura meditación. Ella se escurrió hasta el balcón y la oigo tarareando una de sus viejas canciones infantiles favoritas. Continúo escuchando su voz a lo lejos hasta quedarme dormido.

—Vamos Benjamín, despierta, es hora de cenar —repitiendo esta oración tres veces como un rosario, logra sacarme otra vez del mundo de los muertos.

En realidad, no me deja disfrutar del limbo más que un rato. En unas horas me vuelve a recordar que estoy vivo. Sus mimos son como los de mi madre. Ella coloca una servilleta como babero en mi pecho y dirige a mi boca la cuchara llena de alimentos. ¡Qué soberano embarre!  Esta sábana está de cambiar, entre orines, agua con jabón y ahora de viandas majadas, requiere con premura una lavada. Pero no creo que Zul tenga intenciones de sacarme de este colchón bautizado sin la ayuda de alguien. Hoy es el día libre de los que la ayudan a cuidarme. Hoy es el bendito día del sacrificio de Zul. Es cuando doña Soledad la visita. Por otro lado, mis hijas están en sus respectivos hogares, con sus propios problemas y con sus mentes ajenas a nuestra agonía.

Tengo suerte de perder la memoria por momentos. No logro recordar el nombre alemán de mi enfermedad. En estos vacios logro conversar con Dios sobre mi futuro descanso sin importar mi antología de dolores. Es reconciliador olvidarme de todos hasta de mí mismo, pero regreso de repente y puedo reconocer a casi todos nuevamente. ¿El verdadero amor de dos enamorados nunca se olvida? El tiempo es el único que me puede dar esa respuesta, y el veredicto final únicamente puede dictarlo la muerte. Ella termina de darme la cena y limpia mis labios con cierta brusquedad involuntaria. Las encías que gobiernan mi boca desde hace meses, se muestran con júbilo al desterrar la última muela de mis mandíbulas.

—¡Qué lindo te ves sin dientes! —exclama mientras ejecuta su tradicional mueca.

Zul se ve cansada, me vuelve a recostar y se acerca, me pasa la mano por la cabeza, me besa la frente, y se queda callada a mi lado. Si no me falla la memoria, es la primera vez que siento a mi enamorada tan distante. Abro mis ojos para buscar su mirada, pero permanece dormida. La toco con el dedo gordo del pie y no reacciona.  La llamo pero no responde. Miro su cuerpo y ni un solo movimiento me da señal de que está viva. ¿Se habrá quedado dormida? Tiemblo, nada más de pensar que madruga a su propia muerte. Imposible tal atrevimiento, sería un descaro imperdonable. ¿Qué puedo hacer? ¿A quién llamo? No tengo forma de mover este esqueleto, este cadáver en cautiverio.  Saco fuerzas y trato de mover mis piernas, me aúpo con el espíritu y contengo mis gemidos para salir de la cama. De repente, siento una mano que me agarra por la espalda con fuerzas.

—¿A dónde crees que vas? Es hora de dormir.

Esa noche fue la última vez que hablamos en vida. Hoy, sin ella, no logro recordar quién soy.

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Microcuento: LA BAILARINA

Niña de porcelana

Imagen de la película: Oz, El Poderoso

La muñequita de porcelana coge vida. Abre los ojos más verdes que la esperanza. Estira los brazos y bosteza en silencio. Su mente se llena de sensaciones entre cada parpadeo. Su nariz juega con los olores mientras la boca comienza a disfrutar el saborcillo ordinario de la saliva. En su frente se marcan las venas que laten mientras los pensamientos de tener una familia, crecer y ser una bailarina se van apoderando de sus prioridades. La idea de dominar el ballet clásico la emociona. Una molestia en sus extremidades la hace sentarse y descubre que sus piernitas están quebradas. Sus ojos degustan el sabor agridulce del jugo de la tristeza.

La niña recién nacida se seca las lágrimas. El milagro de la vida es único. Ella observa sus piernas y con sus ojos bien abiertos va restaurando las fisuras en las rodillas y tobillos con la imaginación. Gracias a Dios en la metamorfosis no perdió la magia de creer en sí misma.

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Cuento corto: MEMORIAS DEL HOMBRE INVISIBLE

hombre invisibleSe hace el loco para no saludarme. Como si yo fuera transparente o estuviese disfrazado del hombre invisible. Él siempre tan acicalado y con una mirada tranquila. ¿Dónde trabajará? Posible que sea abogado o médico por la vestimenta y el carruaje en que transita. La puntualidad al parecer es su carta de presentación. Nunca falla, a la misma hora como de costumbre para desayunar en Starbucks Café.

Hace más de un mes que lo veo por la plaza y utiliza la misma estrategia conmigo: la indiferencia. No sé si deba molestarme, pero hasta hoy no me ha dado la oportunidad de presentarme. Quizás sea que le recuerdo a alguien que le desagrada. Nada, él es uno más que no se fija en mí.

Hoy decido hacer el último intento.  Me mantengo en un lugar estratégico por donde él no podrá evitar verme. Ahí llega guiando su Mercedes Benz negro y se baja para caminar hasta la cafetería. Sus ojos brillan como la plata. Sin embargo, mi táctica da resultado en esta ocasión. El hombre mira perplejo  el globo rojo amarrado a mi silla de ruedas, el cual trato de mantener inmóvil para que él pueda leer el mensaje:

“Soy un mendigo, ayúdame, yo también conducía un Mercedes hace un año atrás”.

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Microcuento: LO ENTERRÓ EN EL OLVIDO

TENOR1Un tenor famoso rompió una copa de cristal murano con una nota magistral. Su compañera de turno engañada descaradamente por este bribón, ni soprano, ni bella, le astilló el corazón sin abrir la boca.

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Cuento corto: UN ROMANCE PASAJERO

El espíritu me posee. En segundos siento su aliento sobre mis mejillas. Un zumbido se apodera de mis oídos. Su presencia invade los poros de mi cuerpo.  La energía se transforma en materia.  Cada molécula de su alma se adhiere a las mías. Las venas y arterias se esponjan ante una corriente imprevista de sangre que desea salirse de su cauce. Sin éxito trato de resistir tal emoción. Tengo deseos de llorar y lo evito. Hasta siento una cosquilla extraña en mis genitales. Se acabó mi búsqueda. No hay lugar para excusas, tampoco para dudas. Llegan los minutos de la decisión. Me importa poco que todos aquí se enteren.  Me gusta su furia. La violencia de agredirme me excita.  Lo llevo en las entrañas. La naturaleza de mis genes no la puedo esconder. Él es el escogido.

El público vitorea con más fuerza. Tiro la capa roja. Flota con suavidad antes de tocar la arena. Este enigma de quién de los dos sobrevive me cautiva nuevamente. Él penetra mi costado con fortaleza y me sacude la vida. Caigo y me levanto con más coraje y lujuria. Somos la pareja perfecta. Recojo la capa del suelo y me decido a responder a sus caricias sazonadas de sudor, de violencia. Descubro cotidianidad en sus cuernos. Este dolor me genera satisfacción y una erección involuntaria. Oigo el Olé como un grito que se cuela entre nosotros.

Todos están de pie, mudos ante la corrida espectacular del gran matador. ¡Olé!

toros

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Cuento corto: LA SIRENA RECIÉN NACIDA

sirenaTú estás enamorada de un imposible. Es un sentimiento extraño, como estar de espaldas en la playa esperando que las olas te azoten. Desconoces no solo cuándo  golpearán, sino cuáles pueden ser las consecuencias. La espuma se desvanece a tu lado con indiferencia. Te desconcentra. Has pasado angustiada demasiadas horas en el agua sin atreverte a dar la vuelta. No huyas de la realidad. El mar sabe muy bien de tus miedos e inseguridades.

— Sumérgete Lucía —parecen murmurar los peces en la distancia.

Pero no quieres escuchar ni al agua, ni al viento, ni al sol en la cima de la cordillera. Puedes permanecer dentro del agua esperando a las estrellas. Desnudarte para que tu cuerpo iluminado por los destellos de la luna deje al descubierto los golpes propinados por tu compañero.

Poco a poco se llena tu cuerpo de escamas, tus mejillas, el cuello, los hombros, el torso, las caderas, los muslos y tus piernas. Se te hace difícil respirar, buscas hundir la cabeza para sentirte tranquila. Puedes girar hacia la verdad o participar del juego y continuar siendo su marioneta. O… tirarte de espaldas un rato más, dejarte llevar, flotar y pasarla bien.

No hay otra, zambúllete como toda una sirena en las profundidades del océano. Eres libre, apréndete a querer.

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Reflexión: TE INVITO A COMER UN PEDACITO DE PAN

panLos microrrelatos no son las migajas del pan de la literatura. Todo lo contrario, es donde se concentra el sabor de sus ingredientes; la harina, levadura, agua y sal en una masa sólida y exquisita. Es cuando se descubre el origen de la imaginación, la brevedad de la creatividad.  Te invito a endulzar tu paladar con la mezcla mágica de las palabras horneadas en un pequeño relato sabroso que si bien no es extenso,  esparce sentimientos como estrellas fugaces por el universo infinito de las letras.

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Cuento Corto: SECUESTRADOS

HOMBRE-ASUSTADOUn zumbido insiste en molestar al silencio. Fijo la mirada en la luz de mi celular, pero no es de allí que sale el ruido. La diminuta bombilla roja pulsa al compás de la corriente sanguínea acompañando este chirrido. No puedo encender la lámpara y despertar a mi esposa. No creo que perdone levantarla a las dos de la madrugada.

Deslizo mi cuerpo con mucha cautela por la esquina izquierda de la cama. Un gruñido se distingue como voces en la distancia, en un lenguaje desconocido para mí. ¿Ratas? ¿Murciélagos? ¿Grillos? Sigo husmeando por todos los rincones. Recorro la habitación con detenimiento. Escarbo camisas, gabanes, faldas, trajes de noche y ropa sucia en el walking closet. Inspecciono en cada esquina del lavamanos entre los cosméticos y cremas para evitar las arrugas.

Al regresar a la sala principal de la habitación, me espanto. Virginia está de pie con los ojos cerrados. ¿Sonámbula? Los poros de mi piel se rebelan abriendo y cerrando sus huecos en sincronización. El oxígeno lucha contra la saliva en el galillo para no asfixiarme.

—¿Querida estás dormida?

Carente de movimiento ella empieza a pronunciar un silbido extraño que invade nuestra alcoba. De sus labios baja un líquido baboso transparente. Los párpados parecen estallar develando el grotesco espacio vacío que dejan las pupilas antes de un desmayo. Nos caemos juntos al suelo. La presión de su peso sobre este hidalgo es evidente.

De pronto, contorsionando el cuerpo encima del mío no la puedo socorrer. Grito con desespero y la echo para el lado. Quedo sentado a su diestra con taquicardia. Se detienen sus convulsiones. Miro el reloj despertador y me asombra ver registrada la misma hora.

—Virginia, ¿estás bien?

El silencio transforma en una sombra misteriosa la habitación. Vuelvo a escuchar el sonido aún con mayor claridad. ¿Qué diablos sucede? Escucho que por debajo de la puerta algo trata de entrar y logro distinguir la fricción de las garras de algún animal decidido a penetrar a como dé lugar. Me llama la atención mi rostro pálido reflejado en el espejo de la puerta. La ausencia de iluminación y el espanto me hace confundir mi reflejo con un fantasma.

Sigo sentado, inmóvil, con un terror inusitado. No me atrevo a pararme y enfrentar la criatura que permanece rasgando la puerta y las losetas del corredor con tanta insistencia. Se confunden los sonidos. Virginia agoniza. No respira. Entra el extraterrestre a la habitación y los tres desaparecemos.

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Microcuento: EL TRAPECISTA

mariposaDesde los cuatro años me fascina caminar en la cuerda floja. El circo ha sido mi hogar desde que nací, mis padres, mis abuelos y toda mi genealogía ha desafiado la muerte desde lo alto. Tengo 73 años y mi pasión sigue siendo retar a las alturas y al viento. Nunca pensé que moriría en una isla tan hermosa como Puerto Rico. Lo que no saben los boricuas ni el mundo es que en medio de la caída, dos segundos antes, mi alma se desprendió del cuerpo y transformado en mariposa subí a los cielos.

Nota: Este microrrelato es en homenaje al alemán Karl Wallenda. Ver el vídeo de la muerte del famoso trapecista en Karl Wallenda’s last walk (el tercer vídeo en la primera fila, versión en español) o Tight Rope Walking Fatality (el tercer vídeo en la primera columna, versión en inglés).

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Cuento corto: CARTA DE UN NIÑO SUICIDA

escritores-mendo2Estoy en la espera de que alguien lea esta carta y descifre las claves del porqué de mi suicidio. Para el cuentista por crear un final sorprendente le es fácil acabar con mi vida. Su bolígrafo se vacía libre sobre las páginas hambrientas.

Soy un personaje literario, concebido en el pasado trágico de mi padrastro Víctor, encarcelado entre las letras morbosas de su esquizofrenia. Lleno la bañera, vierto dos fardos de cemento y piedras y me recuesto boca arriba. Un fuerte olor a cal irrumpe en los poros de la piel y me sumerjo por completo. Se desvanece cualquier intento de escapar. No puedo respirar. Grito. Tengo varios matices color gris sobre el pellejo. Mi epidermis enclaustrada lucha por sobrevivir. Pero no hay una rendija para exhalar el aire que todavía yace en mi cuerpo. Todo está sellado. El odio contra mi padrastro no deja que el oxígeno llegue a mis pulmones. Esta armadura de hormigón poco a poco asfixia mis sentidos.

A pesar del encierro a que me tiene sometido este escritor, sé que puedo pensar por mí mismo. Quiero salirme de las páginas enumeradas, pero los números al pie de cada una son los candados que aseguran mi estadía en este sarcófago a la medida. Llevo cinco minutos y el tiempo se fatiga ante mi desesperación. El autor insiste en que soy maltratado sexualmente por mi padrastro, y que mi madre es culpable al permitir que yo sea el aperitivo en la relación conyugal cada domingo. Estoy harto de heredar sus historias sin poder rechazar ninguna de ellas. Incluso me temo que esta noche el orificio preferido de mi cuerpo por él quede sellado de cemento y piedras. Así mi padrastro puede sepultar su secreto para siempre.

¡Basta! Ahogo mis quejidos entre la mezcla cuajada de cemento armado antes que el escritor llene de tinta el bolígrafo nuevamente, y se le ocurra un desenlace aún más espeluznante.

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