Recuerdo aquel día especial. La abuela nos haría el salmorejo, el manjar favorito de la familia y yo como su ayudante principal. Los jueyes eran atosigados con trozos de pan durante una semana y media. El proceso de limpieza concluía en el interior plateado de varias latas grandes de galletas recicladas. Los sobrevivientes terminaban sumergidos sin piedad en el agua hirviendo.
Se encaramaban unos sobre otros en un combate helénico de gladiadores. Luchaban por escapar de la olla humeante desplomándose en el inesperado punto de ebullición. El más joven de todos, agonizando, se negaba a morir. Los ojos saltones, entraban y salían de sus fosas en repudio a la masacre de sus pares. Se pegó a mis parpados cerrados con brusquedad, y mezclando su hiel con mis lágrimas, me despertó.
Aún escucho la última palabra de este cangrejo moribundo: ¡ASESINO!










